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10 de marzo de 2016

Y esto de que la inspiración no te llega,
y pasan meses y sigues esperando
y los años se avecinan
y no sabes cuantos siglos llevas comprobando ese reloj que ya no anda.

Pasa que te sientes una brújula desorientada,
y que has dejado de notar esos vacíos legales que dejaron su cuerpo,
que ahora el aire no huele a rosas, ni a azufre, ni a nada
y que no sabes como continuar escribiendo tu cuento,

Sucede que los días se hacen largos y que de pronto la noche se lanza,
que te falta vida, que te sobra sueño (y sueños)
y que tú sigues intentando encontrarle el equilibrio a la jodida balanza.

Pasa que a pesar de las deudas
apuestas fuerte por caballos que nunca ganan
y luego vuelves, con la cara deshecha,
y una mano delante y otra detrás de la espalda.

Que resulta que siempre se te antoja esa piedra
con la que te dejas la boca en la calzada
o que te da igual que te muevan los planetas
si la luna te llama y te mira preocupada.

Sucede que te crees Attila el Huno
pero tienes ese don que dónde apuntas, fallas.
Y que no buscas una guerra que no sea la tuya,
ni quieres matar con la paloma de la Paz en la espalda.

Resulta que te pierdes, que nadie te busca,
y que todo lo que llega si te roza la boca estalla.
Y que no quieres compasión, que no quieres poetas,
que solo buscas refugiarte en una cama.

Pasa que los ojos te pesan y que son muchos los motivos que te atrapan,
y que quieres romper las cadenas sin alicates ni hachas,
y pasa que subes las manos y tomas la vía rápida:
enciendes el mechero y dejas que el techo arda.

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