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8 de noviembre de 2014

07.30 de la mañana
y ya va con retraso
el amanecer del madrugar.
Y una vez más,
entre tantas muchas,
resulta mejor esperar
que tratar de navegar el día.


Mucho se ha hablado
de recibimientos de aeropuerto.
Con eso del:
te he echado de menos.
Y todo el drama connotativo.
               De los besos de llegada,
de los besos de salida.
De los besos.
Y cuánto nos gusta besarnos.
              De la familia que llega,
de las vidas que van
y empiezan.
Todo cerca del extranjero.
Y de Disney Land,
y de: la próxima vez a Milán.
              
Y de todo lo que vivimos.

Pero es verdad
que nadie ha explicado,
(o no conozco tal discurso),
qué hace que tanta prisa
suene a poesía 
en los intercambios de terminal.
              No se cuentan los cafés
calientes, ardiendo;
a las 4 de la mañana.
Con sueño en los ojos y muchos por dormir 
(sueños, por supuesto).
               De las veces que tengo que pedir
que esta vez sea Londres,
de nuevo.
Y que jamás pisemos París.
-Demasiado perfume caro en el aire-.
                De las carreras por llegar a tiempo,
de los nervios al despegar,
de los nervios al aterrizar...
De las ilusiones de niño, resumiendo.
                De quien se va para no volver nunca,
de quién llegará en 5 días;
ni del famoso "wanderlust".
                Del "nos vemos pronto"
y no vernos.
                Del: ten cuidado
y pásalo bien.
                De los que lloran,
de los que no quieren irse.

De los que nunca se paran a soñar entre las nubes.
                  (pobres desgraciados)
Ni de los que deseábamos
esquiar entre el algodón del cielo.

Nadie habla de lo que quiero, 
de los te quieros'.
Ni del jamás te pude querer.

Nadie ha explicado
por qué llegará el 1 de enero
y el propósito de Año Nuevo
será volverse a ver.

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