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9 de noviembre de 2014

Hoy escribo
y quiero decirte
que nunca he visto,
ni veré,
seda más fina
que la que baña tus manos.
Que jamás
probaré sabor más dulce
que el café de tus pestañas
a las 10 de la mañana un martes.

(Que ironía)

Ni existirá,
y eso es seguro;
movimiento más grácil
que el baile de tu cuerpo
al contacto del viento en la piel.

Y no se
cómo la vida,
que es tan jodida,
ha podido crear algo
con tanta armonía como tú.
Cómo un lugar,
donde el mejor día es color ceniza,
ha experimentado;
y
en una risa
ha resumido mil veranos
que cualquiera mataría por vivir.

Y es que solo ella,
tú,
Has conseguido que un hombre
con dedos de pianista
y desapego con la humanidad,
desee el cielo y la muerte
sin ti.
Al mismo tiempo.

Y tenga
por primera y última vez,
miedo a la realidad
(que nunca es tan oscura
como la pintan;
yo entre ellos.)

Que reza
(a unos dioses en los que no cree)
por ver
la luz del invierno en tus mejillas.
Y espera
bajo el quicio de tu ventana
que suene la sinfonía
y el aire te recuerde a él.


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