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9 de mayo de 2015

Y lo admito, jamás podré ser como esos que ponen la vida y el alma en cada acto que llevan a cabo día a día. Nunca veré que le tiemblen las piernas a nadie cuando hable y recite algo de eso a lo que llamo "mi poesía". No puedo quererme más ni por muchas vueltas que de cuando en el espejo vea a esa persona que me mira y dice: oye, tampoco estás mal pero a lo mejor podrías...
Ni quererme menos, infravalorar la fuerza que corre y late desde el centro de mi pecho hasta la punta de mis cosquillas.
Ni ceder, ni ofrecer más de lo que ya mis manos fuerzan y otorgan a todo aquel que me lo pida. Ni estar más cerca de la luna por mucho que la observe fijamente cada noche, esperando que me lleve y deje que por fin la vuelva mía.
Sé que mi corazón jamás sentirá un frenesí como el que le da el respirar de hoy y cada día desde entonces. Y que tal vez mañana me arrepienta y mis pulmones vuelvan a hundirse en una profunda agonía.
Reconozco que a veces soy un poco montaña rusa y noria en una misma vía. Gritando en silencio o citando palabras vacías. Corriendo a un mismo destino que al final siempre termina y te hace pensar si has conseguido alcanzar el punto que realmente querías.
Y que tengo un caparazón que me protege (o protegía), de todo el daño que el mundo quiera cargarme en la espalda. Y que tiene rendijas, que a veces se debilita y entonces pasa a arropar más bien en un "modo sábana" que sí, cobija, pero es inmune a dolores de sensaciones que hasta ahora ni existían.
Y a veces me puede el orgullo y me lleva de cabeza esa forma de actuar tan impulsiva que con los años consigue educarse progresivamente a si misma.
Y confieso que me duele la vida y me hace feliz en un 200% casi todos los días. Que tengo mis idas y venidas y que hay momentos en los que necesito frenarme las piernas y evitar cualquier forma de huida.
Que tengo miedo, que pienso en el mañana y se me viene todo encima. Que me comen por los pies las inseguridades y que tengo un duende que me coloca de vez en cuando unas hormigas en la barriga.
Que me quema el alma cuando duele y a veces me arde la garganta y el frío me petrifica.
Y que es cierto, que tengo dentro una orquesta que se encarga de afinar cuando entono el latido que marca mi sinfonía.

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